Lucen de otra manera estos caprichos gurteleros. No son aquella caspa de abrigos y cafelitos. Estos son de la España imperecedera. No hay nada más que verlos y, sobre todo oírlos. Esa Ana ignorante de los jaguares que aparecen en el garaje del chalet; ese Costa caprichoso de coche y reloj; ese Camps nervioso por estrechar la mano de Obama, no son Aida o Juan. No, aquí hay un cutis curtido por centenares de años de comer bien. Ese cutis que te deja la cara como cemento y que impide el más mínimo balcuceo. No balbucean para pedir ni balbucean para justificar. Son generaciones entregadas a este cultivo monotemático de la ostentanción. Y al poco de rascar aparece el detalle chocarrero de las lumis al servicio de la contrata. Son de una manera de ser que no desentona. No hay nada más que oír a los creadores de opinión sesgada: no hay manera de que hagan sangre. ¡Ay si hubiera sido un hermano de Alfonso comisionado para conocer Cancún fuera de temporada! Pero ellos y España siguen siendo así.
