Abro el día mirando a lo lejos entre la poca luz que da el no amanecer de los días muy nublados. Abro los oídos para escuchar los enlaces a los músicos callejeros que me ofrece Pedro Pablo, además de una compartida y deseable poesía. Aparco definitivamente a Rizal que me ha costado un sufrí. Acabo con Bernie Gunther porque lo bueno de la trilogía “Berlín Noir” se hizo irreparable chapuza dos libros más allá. Me preparo para el día hipócrita con copa institucional. Traigo traje. Me aislo en una ensoñación gastronómica: qué hacer para conseguir que cocinar siga siendo una terapia en días en los que ya no apetece buscar la excelencia sino la tranquilidad de lo sencillo y sabroso. Procuro que esta pamplina de zambombas no se me suba a la cabeza y termine montando el belén. Recibo a mi hijo y cierro los preparativos para volver a Lisboa. Fuera llueve y la melancolía se instalada a este lado del cristal. Llueve y llueve para apagar el fuego del deseo de un cambio. Llueve para que todo sea sencillo y cercano, alejado de ensoñaciones. Pragmático. Por tanto, la tabarra de San Ildefonso es una banda sonora en el paisaje melancólico de los días que son lo que fueron y mellizos de los que serán.
