Mirada

22 diciembre, 2009
Por

Abro el día mirando a lo lejos entre la poca luz que da el no amanecer de los días muy nublados. Abro los oídos para escuchar los enlaces a los músicos callejeros que me ofrece Pedro Pablo, además de una compartida y deseable poesía. Aparco definitivamente a Rizal que me ha costado un sufrí­. Acabo con Bernie Gunther porque lo bueno de la trilogí­a “Berlín Noir” se hizo irreparable chapuza dos libros más allá. Me preparo para el dí­a hipócrita con copa institucional. Traigo traje. Me aislo en una ensoñación gastronómica: qué hacer para conseguir que cocinar siga siendo una terapia en días en los que ya no apetece buscar la excelencia sino la tranquilidad de lo sencillo y sabroso. Procuro que esta pamplina de zambombas no se me suba a la cabeza y termine montando el belén. Recibo a mi hijo y cierro los preparativos para volver a Lisboa. Fuera llueve y la melancolí­a se instalada a este lado del cristal. Llueve y llueve para apagar el fuego del deseo de un cambio. Llueve para que todo sea sencillo y cercano, alejado de ensoñaciones. Pragmático. Por tanto, la tabarra de San Ildefonso es una banda sonora en el paisaje melancólico de los días que son lo que fueron y mellizos de los que serán.

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