De unos años a esta parte los cormoranes han colonizado el tramo del río que discurre frente a mi casa. Cada día se afanan en buscar entre las sucias aguas algún pez engordado a base de detritus. La última crecida ha traído un gran tronco que yace varado frente a mi balcón. Allí se suben los cormoranes tras su buceo y aletean. No sé si lograrán secarse porque la lluvia no cesa pero cuando el sol logra vencer al temporal, las aves negras se solazan como dormidas. Ahora mismo el río tiene el agua que no he visto pasar por el puente en los últimos quince años. Parece el río de ayer. Es marrón, arrastra barro y enea, impide a los piragüistas asomarse siquiera a esa corriente fuerte y a esos remolinos peligrosos. Han abierto las compuertas de los pantanos y el Alberche lleva mucha agua, y la Portiña lleva mucha agua y, por tanto, el Tajo lleva mucha agua. Tanta agua que los patos buscan refugio en los remansos para no luchar contra la corriente. Tanta agua que las garzas no duermen en la ribera, asustadas. Tanta agua que sólo los cormoranes se atreven a desafiarla.

Enrique, ¿los cormoranes son buenos o malos?, que no me queda a mí muy claro tan decisivo asunto.
Ya sabes que hay días en los que escribir sobre cormoranes te evita caer en tentaciones.