En cuanto comienzan los acordes de La Marsellesa, me afranceso. Es como un impulso al que no puedo oponerme. Formo mis batallones ciudadanos y allá voy. Pero en cuanto pita el árbitro, ya estoy donde no debo: tras la bandera del toro. Casi como el doctor Jeckyll y mister Voltaire. Ahora, desde que los publicitarios inventaron lo de la “roja” ya veo la cosa con más tranquilidad. Antes me invadía la desazón de compartir deseos con Alfonso Ussía lo que me provocaba sudores fríos y una desconsolada congoja. La selección es para mí la única oportunidad de aplaudir a los jugadores del Barcelona sin que me remuerda mi conciencia blanca. Ayer vimos a los rojos acabar con los azules. Con elegancia, con determinación, con juego. Quiero decir, en el fútbol.

Cabalito, don Enrique: me identifico en cuanto apunta, desde lo de Ussía a lo de los chicos del Barça.
Incluso, en lo de la Marsellesa.
Un abrazo.
Para hablar con propiedad, los azules (los que iban de azul) acabaron con los blancos.
Ah, los blancos. La terminología revolucionaria que vuelve.