Abrimos el paréntesis entre los días del trabajo y los deberes para mirar qué sucede en lo pequeño. De qué pasta están hechos los días tranquilos. Con qué material se confeccionan los sueños de a diario. Los años ya van dando para menos prisa y más mirar. Por ejemplo: consumir un robusto de Condal mientras se ve pasar la mañana de madres jóvenes y niños revoltosos, de perros descarriados y atletas de domingo. Otro más: ensayar y fracasar en el deseo de perfeccionar la torrija que no me apasiona pero a la que no puedo dejar en paz para alejarme de la tradicional receta. Otro: confitar bacalao para que el potaje de vigilia cambie de aspecto que no de sabor ni de ricura. Y otro más: saber que los campos de la meseta están llenos de los últimos acólitos de la cocina de supervivencia que fingen recoger espárragos, cardillos y collejas por su insuperable sabor cuando en realidad lo que alimentan es el recuerdo de los días negros pero vividos tan jóvenes que parecen relucir en la distancia que ya es sideral. Y otro: pensar que es necesario hacer algo y no hacerlo, por el puro placer de faltar a la ética del trabajo, de engolfarnos en la impostura de una vida que quisiéramos rebelde a ratos pero otros ratos burguesa y apacible. Volvemos a la rutina de la espera, de que llegue el próximo paréntesis y parezca que algo va a pasar, definitivo, exacto, imborrable. Aunque luego todo sea el mirar pasar las horas con los ojos velados de melancolía.
