A la derecha del balcón de mi casa forma la bandada de garcetas. En cuanto el sol declina, un tropel blanco busca su sitio en la orilla del río. ¿Habrá comodidad en esas humedades más agresivas cuanto más invierno? Debe haber porque no faltan a su cita con el descanso. Cuando amanece, comienza el trinar y la huida hacia no se sabe dónde pero seguro que a la busca de comida. Se posan por cientos en tierra o sobre el frágil cañizo de la enea. Todo blanquea. De vez en cuando, los más inquietos, dos o tres, se mueven, buscan mejor sitio, mejor acomodo para pasar la noche. Cuando el sol desaparece todo es quietud. ¿Las ratas de agua producirán bajas desapercibidas en el aluvión?
A la izquierda de mi balcón forma la banda de mirlos. Negrea el cable que tensa la pluma de la grúa. Al caer el sol, de a pocos cada vez, van apareciendo. Hacen alto en mi balcón o sobre tejados vecinos antes de lanzarse a buscar el sitio que mantendrán toda la noche. ¿Se posan sobre el travesaño de hierro? No, es sobre el cable de acero que, a lo lejos, asemeja un gordo cordón negrísimo. Supongo que ahí están más cómodos. También soportan ahí, a la intemperie, el duro frío del invierno. No sé si les llega la humedad del río pero seguro que les corta un viento glacial. En el grupo no existen las dudas que se dan entre las garcetas, el que llega se queda y no muda de parecer. Al amanecer, todos levantan el vuelo y forman un damero blanco y negro con el fondo azul del cielo.

¿Y qué hay, o ves, Enrique en el centro de tu balcón?
¿Y qué hay, o ves, Enrique en el centro de tu estratégico balcón?
¿Y qué hay, o ves, Enrique en el centro de tu estratégico balcón?
Estupendo. Da gusto leerlo, de tan bien escrito.