Akelarre era o es un gran restaurante. A lo lejos parece inofensivo pero visto más de cerca es el centro de una turbia conjura que convoca a indignos ciudadanos más bien carcamales resentidos y a teóricos más bien guerracivilistas. Me cuentan que, acabado el gran banquete del ladrillo, muchos del sector se juntan en el Akelarre para construir checas, nueva moda que según oigo está sustituyendo al tradicional adosado. No descarto que por la misma calle corra un ladrón de gallinas que grita con ellas bajo el brazo: “al ladrón, al ladrón”. Es un tipo de cuidado este sustraedor de ponedoras porque cuando levanto la voz para denunciar la impostura, se me aparece una cuadrilla de la porra que a grito pelado me pone en mi sitio: callado a no ser que quiera recibir lo que merezco por poner en riesgo la democracia. El caso es que me parece que bajo el traje de los que me sermonean, asoma una punta de camisa azul pero debe ser que la edad ya me confunde y lo que yo creo no es sino hábito nazareno que portan los portavoces de dar mil lecciones sobre España en quince segundos, para recordar a diario que con nosotros (ya lo saben ellos) no se puede. A lo mejor no es aquel Akelarre, éste que suena tan a diario en los diarios dirigidos por esos esforzados de la libertad de expresión para mí y tú te callas.
