Dice mi amigo Fernando que gracias a mi conoció a su mujer. Y está feliz con ello. De esto hace ya el tiempo suficiente como para que sus hijos le saquen dos cabezas al padre. Nos encontramos en Ayarkon. El venía de un país imposible y yo iba a conocer un modo de vida que se acababa. Fernando se fue buscando fortuna a Australia. Huyendo de la policía de inmigración vino a España donde esperó pacientemente a que los suecos le dejasen entrar al país con un doble propósito: casarse con aquella a la que conoció allí donde nos conocimos los dos y entregar lo mejor de su vida laboral al modelo de Estado de Bienestar. En aquel país fronterizo él se ligó a una sueca y yo aprendí a cargar inmensos camiones de pollos que llegaban muy de madrugada. Quizá alguno conducido por el chófer que Fernando apodó El Gran Guidí. Esa broma sólo la podíamos entender los que sabíamos de la existencia del Gran Nelson (el actor Nelson de la Rosa). A mi me gritaban que cargasen los pollos shmoné, shmoné. De ocho en ocho. Coge cuatro pollos talluditos en cada mano, transpórtalos por miles al camión y cuéntame cómo terminan el brazo y el dueño del brazo. Eso sin mentar el olor que conservo todavía en la pituitaria. Ahora Fernando es gran tualetólogo allí en el frío Gotemburgo. De esta materia que se aparece en el recuerdo, están hechos los sueños.

Ay, la Amistad. De los sentimientos más firmes y positivos. No hay distancia que la ponga freno.
Un abrazo.