Bares I

2 agosto, 2010
Por

Prolifera el kebab como proliferaron los chinos. En mi pueblo debe haber ya más de los primeros que de los segundos. Abren uno aquí al lado. Voy. El paisaje es tal que éste: el local es el de un bar de toda la vida al que se le ha añadido en un lateral de la barra una diminuta freidora, una diminuta plancha y unos diminutos asadores donde dan vueltas dos espetones de carne. Vigilando los espetones, cortando cebolla, tostando pan y friendo patatas hay un ciudadano de nacionalidad indefinida al que no escucharé una palabra durante mi estancia que será larga. A su lado, un ciudadano que podía ser cingalés, sonríe y pide perdón. Creo que no sabe otra palabra. Se ocupa de afeitar los espetones. A su lado, una ciudadana española con una libretilla, toma la comanda, hace las cuentas, devuelve el cambio, hace paquetes para los pedidos y se lía sin remisión. Aprovecho un momento en el que parece que ha vuelto del país de los líos para solicitar mi consumición. Me siento a esperar. Ignoro que esperaré bastante. Hace tanto calor que han abierto de par en par las puertas para que entre más calor. El presunto cingalés me hace señas para que me acerque al ventilador que, en la barra, da aire a la cuadrilla. Prefiero una mesa. Hay más mesas. En una de ellas hay una gran familia de la que, oh sorpresa, se destaca una matrona con teléfono inalámbrico en la mano. Es la encargada de tomar los pedidos telefónicos. A su alrededor, el resto de la familia la debe estar haciendo compañía. Otra mesa está ocupada por una madre adolescente, su hijo y el que parece ser su novio. Ella lleva la unidad de entregas a domicilio, compuesta por el novio, un amigo, dos vespas y un plano de la ciudad. A cada pedido que hay que llevar se forma el comité de descubrir dónde está exáctamente la calle. Se despliegan mapas, se suda mientras se mira concentradamente, se apuntan soluciones, se sopesan itinerarios, se aventuran lugares… La madre adolescente siempre encuentra el camino correcto: por donde vive mi tía, por donde está el bar de Chuchi, por detrás de la bolera… Ellos cogen las bolsas y salen pitando en las motos. Yo sigo esperando mientras mi Mahou se calienta. Me levanto a por más líquido. El pobre cingalés que presupone en mí a un cliente al borde la huida,  me sonríe, me pide perdón, me pide perdón, me sonríe y hace gestos para que yo comprenda que mi encargo está al caer. Se tranquiliza cuando le pido otro botellín. Total, me está entusiasmando el espectáculo. Para completar el paisaje de parroquianos, en un lateral de la barra se sienta un borracho. Habla con un señor serio y sobrio. Le está intentando regalar la casa. El sobrio no atiende porque está contando la preocupación que le está ocasionando un tal “el americano”. Mi oído ya no es el que era y no puedo afirmar que esté hablando de que “el americano” está muy enfadado por un alijo de 90 kilos de droga. Aguzo el oído. Cambia de conversación. Ahora le está ofreciendo al borracho los servicios de una prostituta. No puedo seguir la conversación porque en ese momento entra en el local un paisano con una docena de cebolletas recién arrancadas de la tierra. Se las da al de la nacionalidad ignota. Tras el de las cebolletas comparece otro paisano, armado con un cangrejo de río vivo que aterroriza al pequeño de la jefe de distribución adolescente. El cangrejo es el rey de la movida porque todo el mundo se moviliza a verlo, a tocarlo (con cuidado). A estas alturas de la noche, con el calor que está haciendo y sin  que todavía me hayan servido de comer, estoy por pedir otro kebab.  Cuando llega mi encargo, el más feliz es el cingalés. Para que luego digan que sólo entretiene la televisión.

Etiquetas: , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*