Vaya cómo es la vida. Mi amigo D. da orden de que se retiren de la estantería en un negocio que lleva con gran aprovechamiento, todas las películas pornográficas que exhiben sus desnudeces en formato DVD. Internet ha acabado con esta parte del negocio. Pero enseguida aparecen los daños colaterales: los pastores de la zona se han quedado sin provisiones. Acuden a pedir información y, si es posible, mantenimiento de la oferta que tanta felicidad les lleva. No hay vuelta atrás. Tendrán que acudir a Internet. No acudirán porque buscarán en la zona proveedor. ¿Y si no lo encuentran? ¿Podría abrirse la posibilidad de una intervención pública basada en la obligación que tienen los gobiernos de velar veinticuatro horas por la felicidad de sus ciudadanos? Una sección de préstamo en la biblioteca pública, por poner un ejemplo. No sé. O aquellos otros que conversaban el domingo en mi bar turco sobre el coste en gasolina de un viaje a Alemania. Resulta que a uno de ellos le ha llegado un contrato para trabajar allí y los otros dos quieren unirse a la expedición por si sale algo. Se ponen en común conocimiento de idiomas: ninguno. Bueno, ninguno, no. Uno de ellos aporta tres palabras en italiano. No convence. Se calculan kilómetros: muchos. Se dividen por litros de gasolina: muchos. Se acuerdan de que habrá que dormir en algún sitio. A restar. Total, que los ingresos del contrato son de 860 euros al mes y la resta ya está dejando muy delgado el magro sueldo. El del contrato se va, seguro. Los otros dos ponen cara de calcular si merece la pena la aventura. Veré si me entero de algo. Ah, y antes de acabar: siguiendo el consejo de P. Pablo estoy leyendo “A quien corresponda”. Ya contaré.
