Faldas

Solían salir de los barrios hacia el centro vestidas de domingo. Quizá con la única mejor ropa que guardaban en el armario. No era tan temprano como en el amanecer ni tan tarde como media mañana. Se desplegaban a sus cosas. Unas a las peluquerías, otras a los retales, aquellas a las joyerías. Dependientas aseadas. Dependientas endomingadas. Dependientas para, con su porte, dar a entender que estaban asimiladas a las señoritas del centro de la ciudad. Y sus madres en casa canturreaban por Serrat: «Tu no, princesa, tu no…» Ganaban menos que los dependientes teniendo como tenían mejor presencia y mayor diligencia. Y llegado el domingo, salían de la clase media postiza donde pastaban durante la semana, para recuperar los pantalones de cheviot, las faldas de tergal, las zapatillas, que las devolvían al barrio y a su clase social. El jefe siempre estaba esperando verlas casar para que no volviesen, para renovar la plantilla.

Eran tiempos postizos donde los postizos se ajaban con el tiempo. Había barrio y había centro. Había dependientas y había señoras. No había equívocos. Hoy, las muchachas endomingadas que acuden prestas al centro ya menos comercial que entonces, se igualan con las señoras en el fin de semana: chándal y vociferio.

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