Hartos ya de que la realidad no les dé ningún día la razón, viran los economistas hacia otros prados donde seguir ordeñando la vaca que ríe. Elevados a la categoría de nigromantes, campan los economistas por periódicos y emisoras dando la vara sobre si tal o cual Pascual, un poco dolidos de que no sean capaces nada más que acertar con el pasado y viendo cómo la gente les está mirando como el que mira a Rappel en los canales esos de la TDT que fueron entregados para la educación del pueblo y están siendo utilizados para la tontuna. En la Edad Media, estos muchachos ya arderían en la hoguera no dejando más rastro de su paso por la tierra que el que dejaron los rosacruces. Ya somos dos, Houllebecq y yo los que sostenemos esta tesis pero no desesperamos de ser más en el futuro.
La cosa es que están poniendo su mira en el mercado de trabajo, ese aspecto de nuestra vida que está necesitando como agua de mayo medidas “valientes” que reformen esta tara que tanto nos pesa y nos impide converger con Albania. De lo que se trata es de que la ocurrencia la firme alguien que sea Profesor, Doctor, Científico, Tecnócrata, alguien en fin no manchado por esa puerca ideología que todo lo trastorna. Con lo bien que vivían Adán y Eva en el Paraíso hasta que apareció Marx en forma de serpiente. Visto que dieciséis reformas después aquí el único que acierta con la reforma es el que cuenta parados, ya están mandando algunas señales: contrato único, rebaja de la prestación, movilidad, taratí, tarará. Digo yo que a lo mejor, olvidados de la economía y puestos sus cerebros a escudriñar el mercado de trabajo, se soluciona el problema de la deuda, la financiación municipal, el déficit público y la tradicional amistad entre los pueblos. Puestos a creer.